lunes, 9 de noviembre de 2015

Creencias

En la cabina de inspección número cuatro la impresora estaba a unos 90 centímetros de altura, bajo el mostrador. Me puse en cuclillas, desconecté los cables y la giré para acceder a la parte trasera, al fusor. Lo más probable era que aquellas manchas en el papel las produjera la corona de carga pero había que revisarlo de todos modos. En aquellas cabinas, aparte de ordenadores, impresoras, grapadoras, sellos y documentos oficiales también solía haber decoración de los empleados, es decir, calendarios de equipos de fútbol, viejos transistores más o menos operativos, algún peluche, un minion ahorcado de la lámpara del techo con un cable USB... Lo que me extrañó fue que en aquella ocasión la decoración estaba oculta en esa parte de la cabina, a esa baja altura, imposible de ver a menos que te agachases (inserte aquí innuendo). Concretamente había pegadas en el fondo 17 imágenes, 9 eran de cristos, 7 de vírgenes y una rubia en traje de Eva con pose sugerente.

Rubita Facebook photo rubia fb_zpsu5lrpk1c.jpg

Esa última estaba aislada a medio metro de las demás. Cuestión de creencias incompatibles, supongo.





P.S.: La foto original proviene de aquí. Aviso, NSFW, obviamente.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El eclipse - Augusto Monterroso

Este breve cuento siempre me ha impresionado.


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.