Nenie

A veces da miedo mirar atrás y ver cuanta oscuridad hemos atravesado...


Y entonces vuelves la vista al frente y te ciega la luz del sol que se refleja en la arena de una playa a nueve mil kilómetros de todo, pues es ahí donde estás, a miles de kilómetros de tu infancia, de tus estudios, de tu familia, de tus amigos, de tu trabajo, de tus sitios fetiche, de tus pasiones, de todas las mujeres que amaste...

Lejos, muy lejos, más allá aún de lo que se creía el fin del mundo, mantienes la mirada fija en el horizonte, intentando vislumbrar algo más allá, aún más lejos, en ese océano que tus ojos ven por primera (puede que única) vez.

Mas no, no hay nada, estás en ninguna parte. Al final todos los caminos que has recorrido a lo largo de tu vida te han llevado a ningún sitio. Has acabado encontrándote solo...
encontrándote... solo...
encontrándote...
en Nenie...



Llegué a Puerto Escondido el viernes 13 de agosto de 2010. Fue toda una aventura aterrizar en una pista en medio de la selva y luego pasar dos horas en una furgoneta atravesando dicha selva para llegar a Puerto Escondido. Cuando llegué no quise saber nada. Las atracciones para guiris como subirse a un bote para ver como un nadador experto atrapaba a una tortuga con sus manos desnudas no me llamaban. El pan y circo nunca me ha interesado. Sólo tomé la llave de la habitación y dejé mis cosas en ella. Dejé la cafetera puesta para la vuelta (sí, tenía una cafetera junto a la ventana ^.^) y me fui a explorar el sitio. A los pocos minutos me encontré un camino de escalones de piedra que bajaba hacia lo desconocido. Reconozco que me dio miedo. Pensaba que no era parte del hotel, que no sabía por donde me estaba metiendo, que no oía nada salvo ruidos de animales que no reconocía, ni coches, ni nada que se asemejase a cualquier cosa que hubiese oído antes. La sensación de seguridad que tenía en México era prácticamente cero. Había visto más subfusiles y escopetas en un par de semanas que en toda mi vida (28 años tenía en aquel tiempo). Bajé los escalones con cautela, atento a todo. Esa sensación sólo duró unos 100 metros. Al final había una segunda piscina, de agua salada, un chiringuito y, unos diez metros más adelante, la playa.

Salvo el puñado de gente que se bañaba en la piscina o tomaba el sol junto a ella nadie más se adentraba en la playa. Prácticamente la tuve para mi sólo durante mi estancia. Me sentí totalmente extrañado y agradecido de estar solo. Un par de días antes había estado en Teotihuacan y, cuando estuve en lo alto de la Pirámide del Sol, lamenté profundamente que hubiese más de 50 personas allá en lo alto. Me apetecía estar solo allá arriba. Bueno, al menos el karma se portó bien y tuve aquella playa en exclusiva. Como iba diciendo me sentía extrañado. Después de dos semanas a 3000 metros de altura rodeado de armas y malas caras (vayas por la calle que vayas todo el mundo te mira serio) estaba al fin a altitud 0, lo cual mis pulmones agradecían. El sabor de la salitre era distinto a las que conocía, a la del Mediterráneo y la del Atlántico. El reflujo también era distinto. Tiraba de mi hacia el mar tratando de engullirme. Más de una vez tuve que detenerme mientras paseaba y anclar los pies en el suelo para evitar que me derribase y me llevase mar adentro.

Dentro de mi ocurría otra circunstancia aún más excepcional, y es que todo, absolutamente todo me daba igual. Lo que tenía a mi alrededor me había impresionado, mas luego se desvaneció mi interés. No era más que un bonito decorado. Mi vida en Sevilla, todo mi pasado, todo mi posible futuro, eso... estaba a miles de kilómetros, no me importaba. Por primera vez en mi vida estaba totalmente hueco, vacío de todo, en ningún lugar. Un poco más adelante explicaré porqué lo de ningún lugar, por ahora continuaré diciendo que ya había estado antes en una situación similar, una experiencia vital que me dejó tan desarmado que todo me dio completamente igual. Me sentí en aquel entonces como un cadáver, alguien cuya historia había terminado y existía en el post-epílogo de un libro. Por suerte estaba en Sevilla, rodeado de familia y amigos, así que esa sensación no duró mucho. Continué y poco a poco rellené aquel vacío. Sin embargo en esa ocasión todo era distinto. Estaba absolutamente vacío y todo lo que conocía estaba a tomar por saco de allá.

Fue un vale, estoy hueco, ¿con qué relleno este vacío? A pesar de todo estaba muy animado y pasé un par de días estupendos paseando por la playa, tomando café con Baileys, jugo de tamarindo, haciendo dieta blanda porque dos semanas de picante ya empezaban a notarse... En fin, poco tiempo y el suficiente a la vez para crear un mundo interior nuevo, con muchos sueños y proyectos a poner en marcha. No voy a especificar nada. Algún allegado sabe algo en concreto de aquella estancia, pero ya está. Bastantes intimidades estoy contando ya, no queráis saberlo todo. 😋

A mi vuelta llamé a esa playa y a lo alto de la Pirámide del Sol puntos de anclaje, pues no tenía más que cerrar los ojos y podía imaginarme justo ahí, sintiendo el sol y la salitre. Luego recordé mis clases de Geografía en la universidad. Hay una distinción entre lugares y no-lugares. Ambos puntos de anclaje son en realidad no-lugares, pues no son lugares para permanecer en ellos, sino sólo para visitarlos. En ellos se está solamente de tránsito. No recuerdo muy bien como encontré que la palabra en esperanto para no-lugar, nowhere, es Nenie. Nenie es también en italiano el plural de nenia, que es un canto fúnebre. Eso lo descubrí bastante más tarde, no fue intencionado pero me gusta. En cierto modo también es un significado apropiado dado que para entonces ya pensaba que cuando debo cerrar una etapa en mi vida y empezar otra me gusta que suene un réquiem. Tiene que acabar y empezar con un réquiem...

Así pues Nenie, el no-lugar... o más bien los no-lugares. Puerto Escondido está muy lejos y no me da el presupuesto para ir cuando quiera. Ya veremos si algún día regreso a aquella playa. Dada esa circunstancia tuve que buscar otra segunda Nenie, lo suficientemente lejos como para sentirme extraño. En mi caso es sencillo. A un par de horas de coche está la playa de Montegordo, en Portugal. Cuando puedo me escapo del país un par de días, sin teléfono, sin emails, sin nada que me distraiga, como en aquel entonces. Revivo en la medida de lo posible aquella experiencia americana. Incluso he encontrado donde tomar café con Baileys. 😀

Decía una profesora que los datos no existen. La parte física de la informática era el hardware. El software era la parte no-física. Obviamente aquello era absurdo y no conseguí apearla de su ignorancia. Los datos son físicos, están en discos duros, en DVDs, en memorias USB. También estas palabras están en algún sitio. No sé exactamente donde, en algún disco duro de algún centro de datos de Google. Por mera licencia artística aceptaré esta vez la teoría de aquella profesora y aceptaré que los datos son etéreos, que estás leyendo estas palabras escritas en ningún sitio, que ésta es una tercera Nenie en la que doy rienda suelta a uno de mis proyectos de aquel entonces, seguir con la literatura, ya sea escribiendo, maquetando libros propios y ajenos, grabando audios, vídeos y todo lo que me vaya proponiendo. Este es mi pequeño rincón de luz, confortable, con olor a salitre del Pacífico y susurro de olas.

Bienvenido, a Nenie.


P.S.: La foto que aparece al principio no es mía, pero es lo que se veía desde la ventana de la habitación del hotel allá en Puerto Escondido. Allá, a nueve mil kilómetros, es donde siguen resonando mis latidos. 😉