miércoles, 1 de marzo de 2017

Februarius

basura
no hace falta que te diga que puedo acompañarte a tirar la basura


Februarius, febrero, es el mes en el que se celebraba el festival romano de la purificación, Februa (o Februatio). También estaba asignado a un dios, a Februus. Unas fuentes dicen era una festividad para pedir perdón a los dioses por los desmanes causados durante todo el año (ese mes era el último en el calendario romano) mediante sacrificios expiatorios. Otras fuentes afirman que eran rituales de purificación para pedir fertilidad (de humanos, animales y cosechas). La wikipedia pone que era una "limpieza de primavera" como si la Antigua Roma fuese una serie americana. Teniendo en cuenta que la Februa acabó integrada dentro las fiestas lupercales es difícil saber que rito pertenecía a cual festividad, a no ser que se tenga un doctorado en Historia Antigua, algo de lo cual carecía.

Lo de "limpieza de primavera" le recordó que se le había pasado cierta tarea anual. Su mente era una montaña rusa. La música, el trabajo, los cursos a distancia, la casa y otros mil pequeños quehaceres creativos y también recreativos le tenían dando bandazos de un lado para otro. Además no se habían largado esos momentos de vacío. Tampoco habían aumentado, ni en intensidad, ni en frecuencia ni en duración. Simplemente llegaban... y se sentía como si el cochecito de la montaña rusa se hubiese salido de las vías. Se sentía ingrávido, flotando en algún milisegundo entra la vida y la inminente hostia fatal contra el suelo.

Por suerte y/o por desgracia un bandazo siempre lo sacaba de aquella situación, le devolvía las pesadas fuerzas gravitatorias. El acelerado paseo caótico continuaba.

La tarea consistía en poner las carpetas sobre la mesa, bien a finales de año o los primeros días de enero. Luego echaba el día revisando que debía conservar y que papelajo iba a acabar recorriendo la angosta y cortante ranura de la destructora de documentos. Era una labor sencilla tras tantos años de práctica. Ciertas facturas de 3 a 5 años (según de donde fueran) se salvaban, dejando la primera, aquella con la que se dio de alta en X servicio, siempre. Las facturas o tickets de productos cuya garantía había expirado a la destructora del tirón. También revisaba antiguos escritos o manuales que había impreso para leer más tarde y que ya no tenía sentido que los leyese, bien por obsolescencia o porque ya no le importaba nada el tema que trataban.

Aquel día terminó mucho antes de lo esperado. Se le ocurrió meterle mano a un par de cajas llenas de recuerdos que guardaba en el desván. Se sorprendió al encontrar chapas, tarjetas y demás cachivaches publicitarios que no recordaba haber recogido nunca. Lo desechó todo sin contemplaciones. También había fotos, en papel. Hacía décadas literalmente que no pasaba nada ninguna foto a papel. De hecho el 95% de aquellas fotos habían sido hechas con cámaras analógicas. Le costó trabajo reconocer algunas de ellas. Sabía que él las había hecho en su momento, mas aquello estaba ya demasiado lejos en el tiempo y en el espacio.

Cuando terminó con lo físico decidió ir a lo digital. Ejecutó una pequeña utilidad portátil, SpaceSniffer, un chivato que le diría que es lo más espacio ocupaba en sus archivos. Lo apuntó a su partición de datos y se sorprendió al ver que la carpeta de imágenes se llevaba más de la mitad del espacio. 347 carpetas con imágenes catalogadas, en su mayoría fotos, algunos pocos dibujos y algún que otro vídeo realizado con sus primeras cámaras digitales. Demasiado equipaje. Comprobó la fecha de creación de algunas carpetas, sobre todo las de aquellas cuyos nombres ni recordaba: 7, 8, 10, 14 años habían pasado desde que decidiera ¿atesorar esos momentos?

Movido por la curiosidad abrió algunas de ellas, empezando por aquellas cuyo título no sólo no recordaba sino que ni siquiera conseguía descifrar. Aparecieron fotos de actos en los que a duras penas recordaba haber estado, multitudes de rostros vagamente familiares. Volvió a él aquella sensación que tuvo en su último año universitario, cuando le saludaba gente que no recordaba haber visto nunca o alguien (un completo extraño) le daba conversación en el autobús con toda la familiaridad del mundo, como si se conociesen desde la guardería. Siguió revisando carpetas. Se topó con bastantes de viajes. Por suerte había puesto en la mayoría el nombre del sitio porque no lo habría adivinado de ningún otro modo. Volvió a ocurrir lo mismo, más rostros conocidos, muy pocos a los que podía poner nombre. Encontró más rostros, también más nombres, incluidos los de personas que no deseaba volver a recordar.

Dice la psicología que en realidad no se olvida nada, que el olvido es la incapacidad para acceder a un recuerdo en concreto. El recuerdo persiste en algún lugar del cerebro pero la vía que llega hasta él está cortada. En ocasiones se puede acceder al recuerdo por otro camino y por eso nos acordamos de algo varias horas después de haber tratado de recordarlo; en otras ocasiones la conexión está perdida, el recuerdo aislado en un neurona con las sinapsis fuera de servicio.

Ante él tenía un archipiélago. ¿Quiénes eran todas aquellas personas y lugares? En su cabeza se repetía un "me suena". Sólo tenía una tenue sensación de familiaridad, de que su ojo había estado tras las cámaras. Los metadatos de las fotos se lo confirmaban (Fujifilm, Fujitsu, Sony, Nikon...), era él, o al menos sus cámaras, las que habían estado allí y tomado aquellas fotos, pero era más poderosa la extrañeza que la cercanía. Aquellas fotos no avivaban sus recuerdos, no al menos para bien, algunas para mal.

Recordó un relato de Ribeyro, uno en el que el protagonista se iba a las antípodas a buscar a su doble aún sabiendo que el doble podía tener la misma idea y viajar hacia donde él estaba. En cierta manera se sentía como en aquel relato, contemplando la obra de un doble que había estado en todos aquellos lugares, con toda aquella gente, y de todo aquello él sólo tenía fotos catalogadas y leves recuerdos, más retazos inconexos de sueños que realidad.

Permaneció un largo rato en silencio, meditando que hacer con las pruebas de aquellos tiempos pretéritos perfectos que algún otro había vivido. Porque no era ni más ni menos que eso, la vida de algún otro, no la suya. ¿Valía la pena aferrarse a los recuerdos de otro, de otro que a saber siquiera si existía?



Su decisión no la tomó la vacua emoción que le inspiraban la mayoría de las fotos. No, esas eran neutrales. No inclinaban la balanza a un lado ni a otro. Lo que finalmente las sentenció, lo decisivo, fueron esas otras pocas que si recordaba y que NO quería recordar.



Maldijo los mecanismos neuronales, la forma en que sus neuronas habían establecido sus sinapsis para recordar ciertas personas, momentos y lugares ignorando a otros tantos. Seleccionó casi un centenar de carpetas y mientras mantenía la tecla mayúsculas pulsada pulsó el botón de suprimir. El sistema le preguntó si realmente deseaba eliminarlas permanentemente. Pulsó la tecla intro, se levantó de la silla, hizo un nudo a la bolsa de basura atestada de papeles triturados y se marchó a tirarla. A su espalda gigabytes de recuerdos de otra persona se desvanecían para siempre.

Einer no necesitaba un pasado.



Del texto: Safe Creative #1703010848288
El vídeo y la música Alter Ego pertenecen a Roger Subirana, de su disco Lost Worlds (2006).

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